Excélsior, 22 de diciembre 2014

Un sistema de instituciones democráticas debería ser imaginado como una cadena de palabras que se mueven, fluyen y se recrean en espiral, en un ir y venir de la ciudadanía al conjunto de estructuras desde las cuales se ejerce el poder.

Ninguna democracia puede asumirse como tal si la crítica frente al poder se encuentra ausente o limitada. Lo que es más, sólo puede asumirse como plenamente democrático un régimen desde el cual las propias autoridades del Estado son las principales promotoras de la crítica pública.

El debate público es fundamental en el juego democrático por dos razones: la primera es porque sin un diálogo abierto no podría hablarse en verdad de un régimen de libertades; la segunda, porque con base en el debate de las cuestiones públicas se reducen los márgenes de error en el sistema de decisiones institucionales.

Un gobierno que en el marco de un régimen democrático no escucha a la disidencia, que no alienta a los medios de comunicación para que promuevan un diálogo respetuoso y que funjan como espacios para mostrar las múltiples diferencias que existen en la sociedad, es un gobierno que multiplica las probabilidades de equivocarse.

Lo mismo ocurre cuando se decide, desde los espacios del poder, que sólo se escuchará a los “leales”, a quienes simpatizan con la visión de quien toma las decisiones, o a los grupos que comparten el discurso y las tesis de gobierno de quienes son responsables de la conducción de un país.

Octavio Paz lo expresaba de manera excepcional: “Hay una manera muy simple de verificar si es realmente democrático un país o no lo es: son democráticas aquellas naciones en donde todavía, cualesquiera que sean las injusticias y los abusos, los hombres pueden reunirse con libertad y expresar sin miedo su reprobación y su asco”.

En nuestros atribulados días, lo que urge es asumirnos como fervientes defensores de la democracia, en el sentido aquí dicho: como ciudadanos capaces de decir y de plantear ante las estructuras burocráticas y políticas, los errores percibidos y los que pueden provocarse de asumir rutas equivocadas.

De ahí la importancia de que, desde la Presidencia de la República, pasando por los gobiernos estatales, y hasta la última de las presidencias municipales, puedan reconstruirse los puentes y puntos de encuentro con quienes piensan distinto y hasta radicalmente distinto.

Se percibe en diferentes círculos que hay un desdén por lo que académicos, investigadores o intelectuales tienen que decir respecto del rumbo que tiene el país; esto no es sano para la democracia, porque si hay una práctica fructífera y útil para quienes gobiernan, es precisamente el acercamiento e intercambio de ideas con las mejores y más agudas inteligencias del país.

El ejercicio del poder en democracia no puede concebirse sino como un ejercicio dialogante; lo que es más, es posible decir que un sistema de instituciones democráticas debería ser imaginado como una cadena de palabras que se mueven, fluyen y se recrean en espiral, en un ir y venir de la ciudadanía al conjunto de estructuras desde las cuales se ejerce el poder.

Decía el propio Octavio Paz que “la historia es el lugar de prueba”; por la historia las personas podemos comunicarnos con las otras personas y ser entonces el hermano de sus semejantes desemejantes. De eso es de lo que se trata la democracia, la libertad y el juego del lenguaje que estamos obligados a construir entre todos; porque de otro modo, lo que se impone es la intolerancia, que siempre es la puerta de entrada de las vocaciones autoritarias.

*Investigador del PUED-UNAM                                                                                                             

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