El enojo social, la descomposición institucional, el estancamiento económico, la pobreza, la desigualdad y la violencia, son todos problemas que no podrán resolverse sin fortalecer a nuestra democracia, la cual, no sólo se encuentra está amenazada; sino que está francamente en crisis.

Ésta es una hipótesis de trabajo que debemos asumir con seriedad, porque hay un conjunto de factores que permiten asumir que nuestra democracia ha entrado en una espiral descendente debido a una acelerada y profunda erosión de los tres pilares fundamentales sobre los que se cimienta: 1) la confianza ciudadana y; 2) la vigencia plena del Estado de derecho, y 3) la legitimidad de las instituciones y sus dirigentes.

Respecto del primero de los elementos señalados, hay un extendido y generalizado malestar social, relacionado con la prácticamente nula representatividad ciudadana de los partidos políticos y de los funcionarios de las instituciones del Estado. Los estudios al respecto no dejan lugar a dudas: muy pocas personas se sienten representadas por gobernantes y representantes populares, y ya no se diga por los integrantes del Poder Judicial, o incluso de los órganos autónomos.

Respecto de la ruptura generalizada del Estado de derecho, los estudios que existen respecto de la presencia de la corrupción en prácticamente todas las instancias gubernamentales y legislativas del país, y de los estados de la República, muestran uno de los principales síntomas de la ruptura del orden constitucional y legal del país.

A lo anterior debe agregarse el nivel que ha alcanzado la impunidad, hecho que se expresa paradigmáticamente en la “concesión” que se ha hecho de las prisiones a los grupos delincuenciales en todo el país, así como de la sanción penal de sólo alrededor del 5% de los delitos que se cometen en el país.

La consecuencia es precisamente la pérdida de legitimidad de todas las autoridades. Pues si bien llegan al poder por vías legales, hoy enfrentan la paradoja de que, en democracia, lo legal ha dejado de ser necesariamente legítimo: permitir la permanencia en el poder de personas y grupos que tienen claramente conflictos de interés, gozar de amplias prerrogativas y privilegios; pero, sobre todo, gobernar y legislar no sólo de forma incompetente sino, ante todo, de espaldas al interés nacional, representa una severa crisis de legitimidad.

Hay entonces una cuestión de fondo: ¿cómo es que llegamos a este nivel de descomposición? Es decir, ¿cuáles son las causas profundas que nos llevaron a una crisis democrática de la magnitud que hoy enfrentamos?

Desde esta perspectiva, es necesario comenzar a construir nuevos horizontes explicativos, que permitan plantear la posibilidad de la existencia de procesos de usurpación del poder legítimo, por vías legales, de las principales instituciones del Estado.

Es decir, lo que no se ha construido es una explicación de alcance nacional, en torno a los niveles de vinculación y complicidad de grupos legalmente instalados en los poderes públicos, con grupos empresariales, pero también con grupos delincuenciales que se han hecho del control, como ya se dijo, incluso de aparatos públicos clave para la seguridad nacional, la seguridad pública, pero también para el desarrollo y la inclusión social, como lo son las cárceles.

Si se es consecuente con este planteamiento, entonces lo que se debería aventurar es la hipótesis de que, a lo largo de los últimos treinta años, ha operado una deliberada estrategia de “ocupación” del ámbito institucional, dirigida al desmantelamiento de las capacidades del Estado para regular, normar y orientar la vida social.

Explicar la peligrosa crisis democrática por la que atravesamos exige ir mucho más allá de los análisis coyunturales; e implica tener la capacidad de comprender los múltiples escenarios que articulan y determinan la lógica de la toma de decisiones en el poder público para, en un primer momento detener el nivel de deterioro institucional, y para trazar las líneas de trabajo para reconstruir un proyecto nacional auténticamente democrático, para los derechos humanos.

Twitter: @mariolfuentes1

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