El 2018 será, si continúa la tendencia delictiva registrada en el primer semestre, el año más violento en la historia de nuestro país. Pero será así no solo por la magnitud de las cifras relativas al homicidio doloso, sino por todo el conjunto de actividades ilícitas y prácticas de violencia y agresión en contra de niñas, niños y mujeres de todas las edades.   

 

Los datos sobre incidencia delictiva del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública proporcionan evidencia para asegurar lo siguiente: aun reduciendo los homicidios a los niveles que tenían entre 2004 y 2007, México continuaría siendo un país sumamente violento, particularmente en lo que respecta a las personas y grupos de población en circunstancias de vulnerabilidad social.

Por ejemplo, en el caso de las mujeres, los datos muestran que, de las 146 mil 881 víctimas de algún delito que se han registrado entre enero y junio del 2018, en el 32.1% de los casos se trata de mujeres. A ello debe sumarse el sorprendente dato de que en el 13.7% de los casos no se tiene un registro adecuado del sexo de la persona que fue víctima, es decir, en 20 mil 122 delitos no se consignó de manera apropiada qué sexo tenía la persona que denunció.

Es importante destacar que según los registros oficiales, las mujeres fueron víctimas en 47 mil 719 casos, de ellas, 63%, es decir, prácticamente dos de cada tres fueron víctimas de lesiones dolosas, 15 mil 79 fueron víctimas de lesiones culposas, 7.46% lo fueron por delitos que atentan contra la libertad personal, 3.39% fueron víctimas de homicidios culposos y 2.72% de homicidio doloso, mientras que el 0.84% lo fueron de feminicidio.

Para dimensionar no sólo un posible incremento de la violencia, sino junto con ello, el probable subregistro que había en años previos, basta con mencionar que en el 2015 las víctimas reconocidas de feminicidio sumaron 407. En el 2016 la cifra fue de 585, en el 2017 creció a 689, mientras que en el primer semestre del 2018 van 387 casos, por lo que si continúa la misma situación en este año, se podría llegar a la cifra de alrededor de 774 casos.

Es interesante observar que en 2018, los estados con mayor número de feminicidios son: Estado de México, Veracruz, Nuevo León, Chihuahua, Guerrero y Ciudad de México. Destaca en ese sentido que entre esas entidades no se encuentran Guanajuato y Baja California, los dos estados con mayor número de homicidios dolosos en este 2018. Es decir, la violencia feminicida no necesariamente estaría vinculada a la violencia homicida en general.

Lo mismo ocurre respecto de otros delitos sexuales, cuyas magnitudes, no, necesariamente, son coincidentes con las tendencias relativas a los homicidios, secuestros y otros delitos de “alto impacto”, lo que ratifica la idea de una complejidad territorial y sociológica mayor
en lo relativo a la comprensión y explicación de los delictivos.

El suicidio, la mortalidad por accidentes, no sólo de tránsito, sino, sobre todo, los provocados por omisión de cuidados o también por negligencia en el trato y cuidado de niñas y niños, tienen igualmente un comportamiento estadístico que no coincide con el de la violencia homicida.

Todo lo anterior significa que nuestros diagnósticos son a todas luces insuficientes: que el drama de las víctimas del crimen organizado ha “invisibilizado” parcialmente a las otras violencias y prácticas delictivas, así como también, necesitamos saber mucho más de cómo y por qué ocurre, para posteriormente, la parte igualmente compleja de definir las acciones pertinentes para erradicar o, al menos, en el corto plazo, atemperar la violencia.

Hay que decirlo, pues, con todas sus letras: sabemos muy poco de las violencias que nos fracturan y lastiman a diario y es urgente construir nuevas formas de aproximación, nuevos métodos explicativos y de comprensión y nuevos sistemas de política pública. Lo que está en juego es nada menos que la vida y la salud mental de millones de personas.

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