Excélsior, 22 de junio de 2015

El proceso electoral de 2015 nos dejó lecciones que no pueden ni deben ser soslayadas: al país le urge que sus políticos piensen y actúen de verdad en clave democrática, porque, hasta ahora, el único ámbito en que lo han hecho, y aun de manera relativa y parcial, es en el procedimental. Es cierto que contamos con un sistema de partidos más o menos competitivo, pero también uno en el que los jugadores pueden violar una y otra vez las reglas sin enfrentar consecuencias, porque el sistema jurídico está armado para que así ocurra.

Hoy, sin duda alguna, los votos se cuentan y cuentan para determinar la composición del Congreso federal, los de los estados; y en todo el territorio nacional se están viviendo alternancias que, hasta hace treinta años, se percibían como imposibles, incluidas las candidaturas y los triunfos de los candidatos “ciudadanos”.

Sin embargo, a pesar de tales alternancias, pareciera que en todas partes reina un “pacto de impunidad”, en el que en aras de “la gobernabilidad” puede sacrificarse lo legal, confundiéndose por todos lados a la aplicación de la ley y la sanción a los actos de corrupción, con las “purgas políticas” o bien con “cacerías de brujas”.

Por otro lado, el discurso político se ha diluido a tal grado que se ha “vaciado”, y con ello se ha viciado y llenado de lugares comunes: “habrá más empleo”; “habrá mejor educación”; “garantizaremos mayor seguridad pública”; todas ellas frases de eslóganes y jingles, que a la hora de gobernar se traducen en más de lo mismo, con el resultado de que hoy tenemos los mismos niveles de pobreza que hace 20 años, cuando éramos mucho menos “democráticos” que ahora.

¿Qué ha fallado? ¿Por qué la pobreza, la marginación y la desigualdad siguen siendo las características definitorias de la mayoría de la población nacional?

La respuesta es multicausal y compleja; sin embargo, sí puede argumentarse que uno de los problemas de fondo es que seguimos siendo un país profundamente antidemocrático, si nos apegamos a lo que se encuentra definido, por ejemplo, en los artículos 1º y 3º constitucionales.

Los liberales ortodoxos sostienen que “no puede exigirse a la democracia más allá de lo que realmente nos puede dar”, a saber, en esa perspectiva, elecciones libres y competitivas.

Sin embargo, tal visión parece obviar que uno de los objetivos implícitos de la democracia se encuentra no sólo en que pueda llegar al poder quien la ciudadanía determine que llegue; sino también que los gobiernos democráticamente elegidos sean gobiernos eficaces y garantes del bienestar ciudadano. De otro modo, la propia idea del “voto de castigo”, por citar sólo un ejemplo, sería un absurdo.

Diego Valadés nos ha advertido que tenemos, incluso, una estructura de gobierno que sigue obedeciendo a una lógica antidemocrática; el hecho de que la responsabilidad total del Ejecutivo esté depositada en una sola persona es muestra no sólo de que no se ha comprendido que la democracia implica pluralidad, diversidad y capacidad de interlocución para llegar a medidas consensuadas.

Hace falta, pues, una reforma institucional que permita superar no sólo los anclajes que le restan capacidades al Estado para cumplir con su responsabilidad de garantizar plenamente los derechos humanos; sino también los que le impiden transitar hacia un modelo de gobierno abierto y plural no sólo en su ámbito de representación (el Congreso), sino también en el de la garantía de las justicias (la social y la relativa al ámbito de lo procesal, tanto civil como penal).

Nos urge transformar los supuestos desde los cuales se disputa el poder: que éste le pertenece a los partidos políticos, a los empresarios y a los funcionarios públicos; pensar así implica dar la espalda a los conceptos fundacionales del Estado moderno: la soberanía radica natural y esencialmente en el pueblo, y sólo en él. Pensar de otro modo implica, pues, dar la espalda a la democracia como tal.

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http://marioluisfuentes.org/wp-content/uploads/2015/06/22.jpghttp://marioluisfuentes.org/wp-content/uploads/2015/06/22-150x150.jpgMario Luis FuentesExcélsiorExcélsior, 22 de junio de 2015 El proceso electoral de 2015 nos dejó lecciones que no pueden ni deben ser soslayadas: al país le urge que sus políticos piensen y actúen de verdad en clave democrática, porque, hasta ahora, el único ámbito en que lo han hecho, y aun de manera...Integrante de la Junta de Gobierno de la Universidad Nacional Autónoma de México; Coordinador de la Especialización en Desarrollo Social del Posgrado de la Facultad de Economía; Investigador del Programa Universitario de Estudios del Desarrollo (PUED), y Titular de la Cátedra Extraordinaria "Trata de Personas" de la UNAM. Director General del CEIDAS, AC; Director de la Revista México Social, y Conductor del programa México Social, que se transmite todos los martes a las 10  pm por Canal Once.