La campaña política ha estado dominada por un discurso que se ha disfrazado de verosimilitud, pero que falta en esencia a la verdad. Esto se ha resumido de manera clara: no importa decir lo que sea, con tal de que la ciudadanía crea lo que se está planteando

 

Hasta ahora, los candidatos a la Presidencia de la República han planteado un conjunto de propuestas deshilvanadas, incoherentes muchas de ellas entre sí, y otras que son francamente inviables tanto en términos de diseño de políticas públicas, así como de viabilidad técnica y financiera

Se ha propuesto incrementar en dos millones de personas el número de beneficiarios del programa Prospera, se ha dicho que se darán becas a tres millones de adolescentes que ni estudian ni trabajan, incrementar al doble o más el monto de los apoyos otorgados a personas adultas mayores, se ha planteado la posibilidad de un ingreso mínimo universal. Se propone incrementar los apoyos a madres solteras, a la par de incrementar la inversión productiva del Estado, mejorar las escuelas, incrementar el número de guarderías, además de un largo etcétera, y lo más increíble es que todo eso se lograría sin incrementar los impuestos.

El candidato López Obrador asume que todo lo que propone podrá conseguirse abatiendo la corrupción, la cual le daría un presupuesto adicional de entre 300 y 500 mil millones de pesos. El candidato Anaya no ha dicho de dónde obtendrá los recursos, mientras que el candidato Meade ha planteado que con reasignaciones y ahorros conseguiría las metas que está planteando.

Un ejercicio mínimo de aritmética permite evidenciar que llevar a cabo lo que están planteando los candidatos no es posible con los recursos disponibles. De hecho, lo que plantean obtener como excedentes presupuestales, ya sea vía el combate a la corrupción o a recortes y reasignaciones, no alcanzaría siquiera para que lo que hoy tenemos funcione de manera apropiada y así alcanzar niveles aceptables de calidad en los servicios que presta el Estado.

No hay mayor error en el ámbito político que mutilar las capacidades fiscales del Estado. Nuestro país es todavía uno de los de menor capacidad recaudatoria en América Latina y el de menor nivel de recaudación fiscal entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos.

Lo anterior implica que en esta elección se ha evitado la discusión central: ¿cómo hacer para fortalecer fiscalmente al Estado mexicano, y cómo lograr una auténtica Reforma Fiscal con carácter progresivo que permita enfrentar los ingentes y complejos problemas que tenemos en el país?

Por otra parte, la trampa del discurso que han planteado los candidatos presidenciales se encuentra en omitir la discusión en torno a la reforma institucional pendiente, pues no hay manera de que cumplan con todo lo que están prometiendo que harían en caso de que obtengan el triunfo en las urnas el próximo primero de julio.

El cumplimiento del artículo 1º constitucional implica la construcción de un nuevo estado de bienestar, lo que implica un renovado sistema universal de salud, a la par de un sistema educativo de calidad y universal. Todo ello no es posible sin una Reforma Fiscal y Hacendaria
Integral, que se han pospuesto desde al menos hace 15 años.

De manera lamentable para la democracia mexicana, los candidatos a la Presidencia han optado por un modelo de discurso que apela, no a la emocionalidad, sino al pensamiento mágico, el cual, traducido a la disputa política, obedece a una lógica patrimonialista del poder, desde la cual se presupone que la sola voluntad del gobernante bastará para generar las transformaciones requeridas en la sociedad.

Parecer convincente; ésa es la consigna de los tres candidatos con probabilidades de triunfo. No importa decir la verdad; no importa un diálogo racional y franco; no importa que los argumentos y propuestas no tengan ningún sustento técnico o financiero; lo que importa que la ciudadanía crea: ya en el poder pueden inventar una nueva narrativa.

 

Investigador del PUED-UNAM

Twitter: @MarioLFuentes1

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