Este artículo fue escrito antes de que se llevase a cabo el debate entre los candidatos y la candidata a la Presidencia de la República. La advertencia es oportuna porque el supuesto para escribirlo es que, a pesar de la modificación en el formato, respecto de elecciones presidenciales previas, es difícil pensar que habrá un diálogo serio respecto de las urgencias nacionales

Lo anterior se debe, sobre todo, a que los debates presidenciales han sido asumidos desde que se incorporaron a la lógica electoral mexicana, como meros eventos de campaña, antes que como un espacio para la deliberación respecto de las prioridades que tenemos como país: Cuál es la visión económica, cuál es la visión social, cuál es la visión que se tiene respecto de la agenda medioambiental y climática, cuál es su postura respecto de la salud pública…

Hasta ahora, el intercambio de mensajes entre los candidatos ha estado caracterizado por las descalificaciones; sus intercambios se sustentan, sobre todo, en adjetivos, y el debate público que han tenido se basa en acusaciones sobre corrupción y en mensajes que apelan a la emocionalidad del electorado.

Por eso el debate debería ser un episodio de las campañas en el cual podamos conocer más de las personalidades de quienes aspiran a la Presidencia; de su capacidad de improvisación; de su capacidad de respuesta ante la crítica y, sobre todo, de su capacidad de templanza en el ejercicio político.

La esencia de la democracia se encuentra en la deliberación pública; así es como se construyó en sus orígenes: En el diálogo franco entre espíritus libres, en aras de generar las mejores alternativas para el bienestar de la mayoría; el diálogo, entendido como la contrastación inteligente de argumentos, es lo que permitiría generar las mejores opciones de acción colectiva.

Por eso en la Grecia antigua eran vistos como un peligro para la República, por un lado los demagogos, y luego los sofistas; los primeros fueron despreciados por intentar ganarse el favor de la ciudadanía mediante halagos fáciles y sentimentales; y los segundos porque, a decir de los diálogos platónicos, tenían la habilidad de hacer parecer un argumento falso como verdadero y viceversa.

Todo eso era relevante, porque se asumía que el político debía actuar con base en la verdad. Por eso Pericles llevó a su máxima expresión a la democracia ateniense: Porque predicó con el ejemplo, porque no buscó riquezas y porque, a pesar de ser el gobernante, nunca dejó de ser un político que actuaba, no sobre los atenienses, sino al lado de los atenienses, siempre actuando con base en un diálogo franco y sujeto al escrutinio de la mayoría.

La lección griega es relevante precisamente porque nos muestra que en democracia no puede gobernarse exclusivamente desde la visión de quien triunfa en los procesos electorales; y por ello, nuestros debates deben servir como preámbulo para la discusión que deberá seguir al día de la elección; es decir, deben ser posicionamientos que permitan que, gane quien gane, deberá abrirse a un proceso permanente de discusión pública.

En las democracias representativas contemporáneas, quien gana no puede asumirse como depositario de la totalidad de la voluntad ciudadana. Hoy tenemos el llamado “voto útil” o el “voto de castigo”, los cuales implican que la ciudadanía no necesariamente está de acuerdo con los planteamientos de quien gana, sino que vota por esa opción para evitar a otras que considera más dañinas o menos deseables.

De ahí que quien resulte ganador de la elección tiene que reconocer que es su responsabilidad romper con la lógica de la cerrazón que ha imperado hasta ahora. Por el contrario, la consolidación democrática necesita de apertura, de capacidad de escuchar a los otros y, sobre todo, de construir gobiernos incluyentes de la diferencia. A final de cuentas, al ganar la Presidencia, lo que se gana es el privilegio de servirle a la Nación.

Investigador del PUED-UNAM

Twitter: @MarioLFuentes1

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