Resulta desconcertante y aterrador observar un acelerado crecimiento de expresiones racistas, xenófobas y excluyentes, que han pasado de círculos relativamente privados, a propuestas políticas que están consiguiendo acceder al poder público en numerosos países.

Han pasado 70 años desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial; y de lo monstruoso que resultó, destaca sin duda el Holocausto, es decir, la política de exterminio implementada por el régimen nazi, y que le costó la vida a más de 6 millones de personas.

Frente a esa calamidad, Theodor Adorno y Max Horkheimer plantearon la necesidad de reconocer un nuevo imperativo categórico: “que Auschwitz no se repita”. Al respecto, es importante subrayar que este mandato no se refiere sólo a evitar que vuelvan a cometerse asesinatos de Estado fundados en el racismo y la xenofobia; sino que estas patologías deben ser erradicadas de nuestra cultura.

Pareciera que la historia le ha enseñado muy poco a muchos, pues hoy vemos una nueva emergencia de discursos de odio como el de Donald Trump, pero también el de otras formas de expresión de nacionalismos extremistas, que ponen de manifiesto, por un lado, que el racismo nunca terminó de irse, y por el otro, que Occidente ha fallado en el cumplimiento del mandato ético de evitar a toda costa que efectivamente Auschwitz se repita.

Evitar que la racionalidad se convierta en instrumento de la maquinaria del odio y que las tecnologías de la perversión se impongan nuevamente como criterios y guías de las políticas públicas, implica tener regímenes democráticos que permitan el diálogo, la expresión de las diferencias y de todos los discursos y visiones posibles del mundo; pero ante todo, que tengan la capacidad de cerrar el paso a los discursos que atentan contra el pluralismo político, y en contra el carácter multicultural y multirracial de nuestras sociedades.

La democracia, en ese sentido, no puede ser permisiva de los discursos de la intolerancia; del racismo, del odio, de la discriminación y en general, de los principios fundamentales sobre los que se cimienta la perspectiva de los derechos humanos, y su garantía y protección universales.

Preocupa, y mucho, la actitud agresiva y amenazante del discurso norteamericano, al cual se sumó la voz de Benjamin Netanyahu. Y por ello, hoy más que nunca, es indispensable que México se convierta en un impulsor de una alianza global contra el racismo y la xenofobia, sobre todo ante la realidad de que las migraciones, tal y como se están llevando a cabo, expresan las peores tragedias humanitarias de nuestro tiempo, amén de que hoy tienen un carácter realmente planetario.

De ahí que debería considerarse la idea planteada, respecto de una activa denuncia del Estado mexicano, ante los organismos multilaterales de los que somos parte, y convocar a una alianza global contra el racismo. Esto debe ser así, porque no somos el único país víctima de agresiones xenófobas por parte de otro Estado; y, sobre todo, porque nuestra población no es la única que está en riesgo ante esta nueva oleada racista planetaria.

México requiere recuperar el prestigio internacional perdido; y transitar de una visión economicista de las relaciones internacionales, a una agenda de carácter ético y político que recupere no sólo nuestra capacidad de defensa frente a una amenaza como la de Trump, sino que también permita reconstruir nuestra política exterior con base en principios congruentes con la realidad que enfrentamos.

No podemos, en definitiva, renunciar a tener una política exterior activa; ni tampoco desperdiciar la oportunidad de reposicionarnos en el contexto internacional, no sólo como una de las principales economías del mundo; sino como un país que contribuye activamente a la generación de una lógica de relación solidaria, respetuosa y promotora de los derechos humanos como agenda de actuación planetaria.

Es mucho lo que está en juego: desde la dignidad nacional hasta la posibilidad de vivir en un mundo civilizado y esencialmente humanitario.

Twitter: @mariolfuentes1

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